Nadie puede describir París plenamente.

Nadie puede describir París plenamente. No pienso siquiera en intentarlo. Pero esa ciudad sin duda tiene un efecto en todo aquel que la visita o la habita. Es casi como recorrer un museo viviente, como habitar en las páginas de un libro de historia, de una novela clásica, policiaca o romántica. Pareciera que se camina por un set de película hollywoodense o como extra de alguna producción independiente de bajo presupuesto que no necesita invertir en escenografía, ya que está ahí, disponible para todo aquel que pretenda contar una historia.

Inicio contando la mía cual Nicole Kidman, por las ganas que me dieron de cantar frente al Moulin Rouge, que por cierto no es un molino propiamente, sino un burdel y que irónicamente se encuentra a las “faldas” de Montmartre. Esta loma hito de París, se encuentra densamente poblada y trazada con calles zigzagueantes, callejones y callejuelas donde alguna vez se rodara la cinta Amélie , coronada soberbiamente por las puertas de la Basílica de Sacré-Cœur, la cual visité en un par de ocasiones durante algunas de las caminatas nocturnas por la zona.

Al igual que muchas de las ciudades y capitales europeas, el metro es indispensable para trasladarse de un punto a otro de la ciudad. Aunque en el caso parisino no es ni el más bonito ni el más moderno, me hizo sentir como el turista norteamericano interpretado por  Steve Buscemi que los hermanos Cohen dibujan en su aportación a la cinta Paris Je t’aime con el corto Tuileris, él cual mientras lee una guía de viaje, obvia seguir el consejo: ¡Nunca debe mirarse fijamente los ojos de nadie en el metro de París! No entendí porque no, pero recuerdo que el desenlace fue hilarante.

París fue trazada sobre el afluente del río Sena y caminar por su orilla empedrada, es uno de los mayores clichés existentes. Obviamente no pude pasar la oportunidad de hacerlo. Es sobre este río que se encuentran un par de islas, siendo la más importante la Ile de la Cité, lugar donde Víctor Hugo se inspirara en la Catedral de Notre Dame para escribir la historia de aquel jorobado que jugaba entre las campanas y las vigas en lo más alto de la torre y quien hiciera una profunda amistad con las gárgolas enclavadas en los muros, sin que nadie lo juzgara de loco, sino de feo. Ya imaginarán lo que sentí cuando empecé a pedirle a las gárgolas que me pasaran su Facebook, cuando todos me miraban extrañados por lo feo y no por loco.

En el Jardin du Luxembourg, reviví la nostalgia que sintió Owen Wilson a la media noche en la cinta de Woody Allen,  al desear haber tenido la oportunidad de recorrer las calles de París en la época en que su esplendor estaba marcada por los artistas e intelectuales de inicios del siglo XX y no en la venta de baratijas y suvenires para los turistas, que claro, compré.

No muy lejos, se encuentra la tumba de Napoleón y de algunos de sus familiares. Cuando vi su urna, me pregunté si lo metieron ahí con todas sus pertenencias, ya que es más grande que una casa de INFONAVIT y hasta tiene espacio para hacer un huertito urbano. Pero parece ser que apenas cupo su ego.

A través de la Place de la Concorde en el centro de París, la cual irónicamente tiene un obelisco egipcio en su centro, se llega a los jardines del Musée du Louvre y una vez en su interior, me sentí como Tom Hanks mientras escapaba de la policía francesa, como en la película “El Código Da Vinci” inspirada en la obra de ficción del Priorato de Sion, escrita por Dan Brown, no por que tratara de escapar de extremistas religiosos en la búsqueda del santo grial, sino por la rapidísima visita que le hice a los maestros del arte clásico. Y aprovecho para hacer la pregunta: ¿Qué le ven a la Gioconda? Neta.

Ya en la avenida Champs-Elysées, en su extremo norte bajo el arco del triunfo, al igual que Billy Crystal y Debra Winger en la película Forget Paris, busqué conseguir un auto foto sin rebanarme la coronilla. Al final, alguien se ofreció amablemente a ayudarme y la fotografía salió aun peor.

 Y aunque no es muy difícil toparse con la Tour Eiffel, descubrirla mientras se camina sin rumbo por Paris, es una experiencia bastante recomendable. En mi caso, apareció ante mí frente al Colegio Militar y desde el extremo del Campo Marte, caminar hasta su base es aun más lindo cuando después del anochecer, cada hora a la hora, destellan miles de lucecillas que envuelven su forma. Me pregunto que habrá dicho Porfirio Díaz cuando caminó los mismos jardines bajo esa estructura de acero. Por cierto, le debo su visita en el panteón en Montparnasse. Pobre México, con Porfirio Díaz tan cerca de la Torre Eiffel y tan lejos de la guerra contra el narco.

 La última noche en París fue inolvidable, bajo una luna llena, nuevamente caminé por el quartier Latin y seguí el trazo del rio Sena hasta uno de los lugares más hermosos de la ciudad, el puente Alexander III. Ese mismísimo puente desde donde Luc Besson retrató soberbiamente en blanco y negro la ciudad en su película Angel-a, y donde imaginó a un patético Argelino, aferrándose a las piernas de un Ángel a la que le otorgaron sus alas después de salvarle la vida al rufián magrebí. Y fue ahí mismo, frente a  L’Hôtel national des Invalides con la torre Eiffel a lo lejos, rodeado de querubines y farolas áureas, cerré mi visita a Paris con un beso largamente anhelado.

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Estereotipos…nos unen en nuestras diferencias.

Sin duda me encuentro en un lugar maravilloso. Berlín no sólo es una ciudad de contrastes con una historia tanto agónica como hilarante, se caracteriza por su exquisita simetría arquitectónica y sus perfectas calles adoquinadas o asfaltadas y sin una sola baldosa rota en las aceras -envidia de cualquier ciudad en México-, nos hacen recordar como Alemania se alzó nuevamente de las cenizas.

Berlín es impar por un elemento adicional, la multiplicidad de culturas (co)existentes, la pluralidad que le da esa característica única. Sin embargo como seres humanos imperfectos, las diferencias nos hacen parte de un grupo, de un clan, de una raza y un origen no tan común. El color de nuestra piel, el idioma que reconocemos como lengua materna, nuestra expresión (anti)religiosa más notorias, son formas que los demás tienen de distinguir nacionalidades, pero yo encontré una forma más jocosa de hacerlo, desafortunadamente todo se debió a mi. Les cuento.

Hace unas semanas entré a mi salón de clase en la universidad, 2 minutos tarde. Cruce el salón por el frente de la clase, por lo que todos mis compañeros irremediablemente tuvieron que verme almenos durante unos segundos, y tomé el primer asiento disponible a un costado. La clase tuvo un inicio, una trama, un climax y un cierre, sin contratiempos. Me dije a mí mismo, mí mismo…esto es tan típico alemán, todo posee una estructura, un término, una rutina que debe ser estrictamente respetada…

Estaba en esas cavilaciones una vez concluida la sesión, cuando escucho de pronto a unos cuantos metros tras de mí:

-You look so much like a Mexican gardener!

Sin voltear atrás me quede pensando un momento, y honestamente creí que alguien se estaba refiriendo a alguien que no necesariamente fuera yo. Es decir, botas cafés con las puntas desgastadas de tanto arrastrar los pies al subir escalones, unos jeans algo percudidos cruzados por un cinturón que bien pudo salir del mismo cuero del que hicieron mi calzado y una camisa de manga larga cuadriculada en verde y azul. ¿Cómo podía ser ese un “look” de jardinero? En serio, agréguenle mis lentes de marco negro y grueso, mi corte de cabello de bajo presupuesto, mi pulsea huichola y mi reloj de una marca moderamente no muy costosa, asumí que se asemejaba más a la imagen de un “hipster wanna be” que a la de algún compatriota que arreglara los jardines en Orange County, California.

Oh Efren! (Sin acento el nombre y con un tono gringo). You look so cute; your outfit makes me to remember Zacarías, our gardener in Vancouver, hey! (Eso ultimo la convierte en canadiense).

Definitivamente se refería a mí. Pero, ¿Cómo podía ser eso posible? He visto a centenares de personas vestir prácticamente el mismo atuendo que yo. ¿Por qué es que ve en mi a un horticultor o a un hortelano? Y vaya que no me molesta estrictamente el adjetivo, de hecho si supiera que en la azotea de mi casa en Guadalajara, durante los dos últimos años he sembrado y cosechado calabazas, pepinos, frijol y una que otra mata, le daría material para recordármelo de aquí a que me gradúe.

En eso, un compañero agitaba sus dos manos violentamente contra la nada, juntando las puntas de sus dedos en dirección hacia el cielo y girando sus muñecas al mismo tiempo, mientras su cabeza era agitada constantemente hacia atrás y hacia adelante a la par que coreaba Mama mía, má que cosa? Con un acento más veneciano que siciliano (Lo que sea que eso signifique, pero siempre quise hacer la distinción). No dejaba de demostrar su asombro a la simplista comparación a la que mi persona había sido objeto.

Mientras me rodeaban algunos de compañero para tratar de empaparse ligeramente de la situación, alguien comentó:

I think he looks more like a fisherman, you know like those danish in the Baltic sea.

Lo único que pude pensar fue: -Mira quien habla, el noruego hablando de nórdicos. Además no podía negar su origen escandinavo, carajo se llama Tor, como el dios nórdico aunque sin la hache intermedia. Un sujeto de casi dos metros de altura, rubio (obvio) y con un paso al caminar tan pesado, que cualquiera pensaría que está tratando de definir si ir a Ikea o meterse a un sauna.

No marico, esa vaina es más como de esos maricos que se meten a la jungla a cazar cocodrilos. ¿A poco no pana?

Y claro, no podía faltar el ambiguo joven de origen venezolano-colombiano, que aunque letrado y viajado, no lo puedes dejar de imaginar comiéndose una arepa trepado a una hamaca, con la misma camisa que yo portaba, pero con el ombligo descubierto y las mangas remangadas, mientras que sostiene con su otra mano una cerveza bien helada, en medio de la jungla, evidentemente.

My grandfather used to wear the same kind of outfit when he worked in a factory just outside my village In China. I almost can argue that was kind of a uniform.

A Cheng, puedo asegurar que no tengo que describirlo. Ustedes ya tienen la imagen, además hay 1.4 mil millones como él y sí, los dientitos largos al frente, si los tiene y son más notorios cuando sonríe, pues entrecierra aun más los ojos y su blanca dentadura parece relucir más. Seguro debe ser de tanto comer “aloz” (Nunca entendí bien ese chiste), es que no era de gallegos.

Pero que pajeros que son… es más como un estanciero, de esos que coseshán la shierba… ya sabés… ¡La del mate!    (Por cierto, disculpen lo de la sh, pero es para resaltar el punto.)

Alguien, sin duda de origen anglosajón, aunque no pude atinar bien quien fue, preguntó:

You mean weed?

Indignado me encontré al notar que alguien se atrevía a comparar una saludable planta como la yerba mate con un pedazo de enervante. No me quedo de otra más que establecer el punto de distinción entre ambas, demostrando que la yerba mate no se asemeja en nada con la marihuana, ni el aroma, ni el sabor (cof, cof), ni la textura, que la hierba mate sólo puede crecer en climas tropicales y húmedos, mientras que la mala hierba crece más como una plaga, en cualquier clima y temporal…

Mientras me encontraba en eso, oí:

Man, you see… you are such a gardener!

Por cierto, ahí les dejo un pequeño video que se burla del estereotipo alemán, no entiendo por qué, si son tan ordenados…

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En Gendarmenmarkt…

La fecha de la glotonería ha llegado. No precisamente me refiero a la acostumbrada ingesta de las variantes de la dieta T al estilo México, sino al puritito estilo del viejo continente. Y es que parece que el frio no invita más que a buscar un lecho cálido o a buscar la fuente de calorías navideñas más cercana.

En el caso de Berlín, todo inicia en el día de Acción de Gracias y ya que los alemanes tienen una gran influencia estadounidense, es fácil encontrar donde ser parte de esta celebración, de tal manera que en mi caso, goce aún lejos de casa. De ahí a la primavera, las calles de esta hermosa ciudad se llenan del ambulantaje digno de cualquier país en vías de desarrollo, sin embargo las terminales bancarias hacen notar la brecha económica.

El mejor ejemplo de esto, es uno de los mercados navideños más representativos de Berlín, que se ubica ni más ni menos, que a dos cuadras de Hertie School of Governance (Para aquellos que no saben, es donde estudio en Alemania). Así que la visita es más que obligada. Este mercado navideño (Y nótese que le llamo mercado y ni tianguis), se instala todos los años en la plaza conocida como Gendarmenmarkt, flanqueado por dos hermosas iglesias sobrevivientes de la segunda guerra mundial –Deutscher y Französischer Dom- así como del hermoso teatro Konzerthaus.

¿Qué se encuentra ahí? Pues prácticamente todo aquello que en fechas decembrinas los alemanes consideran tradicional. Sin embargo, dejémonos de disimulos y voy a lo importante, la comida. Y es que es de gordos ir derechito al origen de los aromas y derechito fui. Los asadores, repletos de embutidos y carnes, son servidos dentro de panes que parece fueron erróneamente hechos más pequeños que las salchichas, pero así se estila. Que decir de los puestos que ofrecen 25 tipos de mostaza diferente, licores de todo aquello que pueda ser licor así como caramelos y garapiñados.

Sin embargo mi mayor descubrimiento gastronómico de la temporada no es precisamente de origen alemán, algunos argumentan que es francés, otros murmuran que es suizo, la verdad es que discutir sobre el origen de la idea vale para pura corneta cuando frente a ti, tienes un hermoso y gigantesco trozo de queso derritiéndose lentamente bajo el calor de un dispositivo llamado Raclette y que le da su nombre a esta delicia. Y es que una vez que el calor hace su trabajo, es untado sobre un trozo de pan negro y sobre de él, trozos de jamón ahumado, pimienta y especias. Es como pecar de muchas formas al mismo tiempo.

Imaginen el orgasmo gastronómico que es el Raclette acompañado de una taza de Glühwein o vino caliente con especias y naranja. Sin duda tiene que ver con el hecho de que el entorno es inmejorable, lo que reafirma el argumento de que el contexto importa, pero aun así la gula es universal.

Hasta aquí por hoy, un poco de Berlín.

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Hace más de un mes…

Hace más de un mes que no escribo nada para ustedes. Una disculpa de antemano. Sin embargo tengo una muy buena excusa, no he tenido tiempo.  Sé que suena absurdo, pero es verdad, sé que lo entenderán.  Sin embargo, heme aquí, dedicándoles algunas nuevas líneas que espero encuentren interesantes o al menos, medianamente empáticas.

¿Pero por dónde empezar? Sin duda hay mucho que platicar, empezando con lo hermosa que es la capital de la República Checa, Praga. Sin duda un lugar que vale la pena visitar acompañado. Sus calles y callejones llenos de un misterioso aire kafkiano inundan la imaginación con pasajes literarios, escenarios bélicos y “ghettos” convertidos en recordatorios permanentes de una de las más grandes humillaciones de la humanidad.

Y qué decir del otoño en Berlín. De un día para otro, las noches son más largas y los días no alcanzan, el frio no es problema, sino la falta de luz. Calles tapizadas por una alfombra cobriza y ámbar, cruje al paso del peatón, que con rostro entristecido intenta hacer su rutina esperando que lo más pronto posible la noches sean nuevamente más cortas. La gente es como el ambiente, mientras menos luz, menos irradian alegría. Los días grises sólo invitan a usar la vestimenta  como camuflaje.

Aunque no se desea, uno termina convirtiéndose en una especie de amoroso que en palabras de Sabines, viven el día, sin poder hacer más, no saben hacer más, siempre se están yendo, siempre hacia alguna parte. Porque siempre hay alguna parte a donde ir en esta ciudad, en busca de algo o alguien, a veces ambas y en ocasiones, ninguna.

Sin embargo hay esperanza en esos momentos, es cuando la sangre latina sale al desquite contradiciendo a la rutina. Aquellos que provenimos de los lares “exóticos”, tendemos a recuperar el color del ambiente, a llenarlo de aromas de cocina y a bailar en el metro. Más de algún rígido berlinés termina dibujando una sonrisa.

Y ahí es cuando la magia invade Berlín. Aquel o aquella que hiciste sonreír tiene una fiesta, quien pregunta que cocinas, termina invitando el vino o la cerveza, quien te ve bailar en el metro, te invita a tomar un café. Cosas así pasan en Berlín.

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Viva mexico… Scheiße!

La nostalgia es canija y los antojitos mexicanos más. De nada sirve estar a 6000 kilometros de casa y no tratar de festejar el día de la independencia con algún platillo mexicano y un buen tequila.

Es así, que mi amigo Josué y yo, ambos residentes de Berlín y estudiantes de Hertie, nacidos en el mismo accidente (afortunadamente) geográfico que es México, decidimos no dejar la oportunidad de festejar esta fecha tan mexicana, allende a las fronteras del país que nos vio nacer, claro está.

Para esto, seleccionamos un pequeño bar en el barrio donde vivimos propiedad de un buen amigo, seleccionamos 20 amigos de la universidad y les invitamos a compartir de este glorioso día para la Nación mexicana.

Todo bien ahí, hasta que decidimos el menú: Pollo desmenuzado con mole, arroz rojo, carne adobada y asada para tacos, evidentemente, esto acompañado de guacamole, salsa taquera y harta salsa picada. Los ingredientes eran facil de encontrar, el mole había sido una importación clandestina en mi maletota y los chiles, aunque turcos, picositos. El arroz, dejaría perpleja a mi abuela, quien me ensañara un truquito con un palito de madera para que me quedara perfecto. El guacamole de a varo el aguacate, se hizo rendir con el triple de cebolla, jitomate y cilantro del requerido normalmente y ni se diga de la salsa picada, 4 kilos.

Donde la marrana torció el rabo, fue en las tortillas. Maldigo la hora en que decidimos no comprar tortillas de harina disponibles en los mercados árabes de Berlín, y en su lugar darnos a la tarea de tortear. El resultado fueron 2 kilos de masa, 180 bolitas de masa aplastada y 2 horas frente a un echizo comal. A pesar de eso “Hubimus tortillas”.

Después de todo, la comidilla fue un éxito, los comensales no dejaban de fruncir el ceño con el picor y en gemir la pura sabrosura. No hubo tequila, pero si harta cerveza, algo había de se alemán.

Entre los humores del alcohol y el mole doña María, se nos olvido el elemento más importante: El grito. Cuando me dí cuenta de esto, ya era demasiado tarde, 20 personas de 7 nacionalidades diferentes tratando de no desvariar más de lo debido, en el único intento decente de hacerlo, tan sólo un par atinó a gritar:

Viva México…Scheiße!

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Un chiva hermano y el jabalí asesino

Han pasado varias semanas desde mi último post en el “Internacionalista Muerto”, pero no lo duden, es simplemente que la acción en Berlín ya ha empezado. Puedo decir con grata alegría que ya tengo amiguitos en la universidad y que he empezado sano y salvo lo que parece será una pesadísima y exitosa experiencia en Hertie School of Governance.

En el marco de las nuevas amistades (Que supongo algunas serán enemistades cuando nos enfrentemos a la realidad de los trabajos en equipo), hace aproximadamente una semana acordamos algunos de mis nuevos conocidos, apoyar al único equipo de Berlín que juega en la primera división del futbol alemán (Fuβball-Bundesliga en alemán), el Herta. Equipo que debo decir, ascendió justo esta nueva temporada a la plana mayor del soccer alemán. Es así que ahora pasé de apoyar a  las Súper Chivas Rayadas del Guadalajara -cabeza de león del futbol mexicano-, al Herta Berlín -la cola del ratón del futbol alemán-, es decir, algo así como apoyar al Atlas.

Lo que sin duda compensa esta lamentable situación, es la sede del equipo local. Nada más y nada menos que el mismísimo Estadio Olímpico de Berlín, escenario de algunos de los hitos históricos más asombrosos de la humanidad durante el siglo pasado y presente, como lo fue la primera transmisión televisada en tiempo real de unos juegos olímpicos bajo el mandato Nazi (Irónico que la primer señal enviada al espacio fuera la suástica nazi), así como las implicaciones raciales que tuvo el hecho de que el hijo del viento, Jesse Owen (Atleta Afroamericano) venciera en las pruebas de atletismos a la supremacía aria, durante los juegos de verano en 1936, unos años antes de desatarse la gran guerra.

El inmueble es sin duda asombroso. Estructura de piedra y acero, que se sumerge decenas de metros en la superficie, capaz de albergar a un centenar de miles de personas cómodamente sentados y que increíblemente sobreviviera a la guerra, prácticamente en su totalidad, además de haber sido renovado para albergar la final del mundial en el año 2006 y que permanece como un ícono de la vida alemana.

Respecto al partido, que les digo, se enfrentaron al Stuttgart. Emocionado me encontré al ver al “Maza” Rodríguez jugar contra mi nuevo equipo, además de haberme dado cita portando la rayada roja y blanca del Guadalajara. El resultado, Herta venció con un gol de “chiripa” en el minuto 83. Ni hablar, no me toca ver ganar al nuestro representante mexicano y chiva hermano.

Esto se liga con un evento ocurrido hace unos días, específicamente el pasado domingo 4 de Septiembre, día en que se llevó acabo en este mismo recinto, el Torneo Alemán de juegos pirotécnicos. Las 4 empresas más importantes de Alemania dedicadas a los fuegos artificiales, se enfrentaban para conocer al mejor exponente del año. Cosa curiosa.

Convencido de que sería un gran espectáculo que valía la pena apreciar, un grupo de amigos y su humilde servidor (que ni es humilde, ni sirve para nada), fuimos invitados por otro grupo de camaradas “Hertianos” a disfrutar de este evento desde el punto natural más alto en Berlín y a una –relativa- corta distancia del estadio olímpico, Teufelsberg.

Este punto boscoso de la ciudad, es una loma de 130 metros de altura sobre el nivel de la llana ciudad de Berlín, desde donde es posible apreciar el costado este del estadio olímpico, así como diversos puntos de interés de la ciudad. Seguro se preguntarán… ¿Y qué tiene de maravilloso? Realmente nada, si es que sabes cómo llegar a ese punto, cosa que, como leerán a continuación, no fue nuestro caso.

Y es que la teoría siempre vencerá a la práctica. Ya que teóricamente, tan sólo era necesario tomar el S-bahn o tren urbano hasta la estación en el estadio y caminar en dirección al bosque y subir la colina. En la práctica, todo fue correcto hasta la parte de caminar. Nuestro guía, por llamarlo de alguna forma, era un alemán empedernido, seguro de conocer el rumbo. Sin embargo nos adentró en un círculo de marcha llena de ignominia, hacia lo más oscuro y recóndito del bosque. Y es que efectivamente al ser un evento nocturno, nuestra travesía ocurrió pasado el ocaso, el cual tan sólo era iluminada ocasionalmente por los resplandores de lo que seguramente era una hermosa exhibición de luces y colores, pero que en ese momento, se sentía más a una especie de escape de la artillería soviética que se adentraba en la batalla de Berlín, puesto que sólo se escuchaban estruendos y ráfagas de luz combinado de temor y ansiedad.

Durante la marcha en el espeso bosque, únicamente alumbrados con la tenue luz de nuestros teléfonos celulares, que a pesar de ser smartphones, no nos hacen más inteligentes, notamos que efectivamente habíamos perdido el rumbo. Habida cuenta, lo único que el líder de la expedición tuvo a bien de decir fue que esperaba no topárnos con un cerdo salvaje –Jabalí para los amigos-, ya que de ser así, aquel que fuera incapaz de trepar a un árbol, quizá no lograría siquiera asistir al primer día de clases.

No habían pasado ni cinco minutos, cuando en nuestro andar, en lo que aparentemente parecía ser un rumbo más acertado (Aunque no teníamos ni la más remota idea de a dónde nos dirigíamos), el chillido más estremecedor cortó el sonido que hacían nuestro pasos sobre los altos pastos y ramilletes caídos. Ahí estaba, a unos pasos, viéndonos fijamente, preparando su ataque mortal, golpeando sus puntiagudos colmillos contra el suelo, como preparando la fosa mortuoria en la que alguno de nosotros pasaría a la putrefacción. Y asumo que eso hacía el mentado puerco, por que no fuimos capaces de verlo ya que de buenas a primeras, corrimos como alma en pena que lleva el diablo en la dirección opuesta, temerosos además de encontrarnos más adelante con algo más mortífero, como un oso pardo europeo o algún imitador del chavo del ocho.

Afortunadamente y después de nuestra graciosa huida, tuvimos la fortuna de toparnos con un par de personas -Y es que a los alemanes les encanta esto de caminar en el bosque de noche-, que no indicaron el rumbo correcto, el cual era sin lugar a dudas en otra dirección totalmente diferente a la presupuesta, aunque le llamo supuesta como el eufemismo menos peyorativo.

Para no hacer el cuento más largo, después de una hora escalando un cerro con apenas algo de luz, encontramos la mentada loma,  y efectivamente, la juventud berlinesa se encontraba en pleno, además de encontrarse recogiendo sus cosas, puesto que la función, para ese momento, ya había terminado. El regreso… esta vez fue más placentero.

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A Bruxelles, s’il vous plaît!

Hace algunos días, decidí que iría a visitar a una amiga en Bruselas. Después de encontrar una buena tarifa y ya que no tenía más pendientes que seguir conociendo Berlín, metí lo que cupo en una pequeña mochila azul –la cual que compré en Medellín en el único viaje internacional que me pagara el Gobierno Municipal de Zapopan durante mi meritocrático paso por esa dependencia-, tomé mi pasaporte y me dije: ¿Por qué no?

Ciudad lluviosa, soleada, lluviosa, soleada, y más lluviosa, democráticamente bilingüe por ley (Aunque francófonos unos y flamenco parlantes otros), sede de la Unión Europea y de la Organización del Atlántico Norte (desde donde se ha conducido la caída del dictador Gadafi), entre muchas otras cosas más.

Ciudad aunque pequeña en dimensiones, hecha un desmadre. Ciudad trazada y marcada por su origen oscurantista y de naturaleza medieval, llena de callejones y callejuelas que esconden harto arte urbano, sorpresas etílicas y artísticas, además de hermosos lugares como la Grand-Place (Grote Markt en flamenco), corazón histórico de la ciudad, resguardada por la Casa del Rey y la torre del Ayuntamiento, inmuebles góticos de belleza patrimonial.

Capital de un país orgullosos de su historia y origen, pero recalcitrantes cuando se trata de sus 3 íconos populares belgas: Los waffles, con fruta y azúcar (sabrosos, aunque más sabrosos con Nutella o chocolate), las papas fritas (Aseguran que las inventaron y están dispuestos a darte una bofetada si pides papas a la francesa) y la cerveza, sin duda una de las mejores del mundo (Y en el Delirium están las mejores).

Caminar por sus calles, permite descubrir a Tin-tin y su perro en busca de malhechores a través de los muros de sus edificios, innumerables plazoletas y célebres esculturas y fuentes como las del niño meón (Manneken pis) y su menos celebre hermana meona (Jeanneke pis), que además de ser pequeñas figuras, sorprende el hecho de la turba iracunda que desea fotografiarse frente a una estatuilla que se sostiene el miembro y orina sin cesar. Sin duda una ciudad llena de sorpresas.

Viajando una corta distancia en tren desde Bruselas se llega a Brujas y Gante, la primera, isla-ciudad enclavada en un delta, aunque pequeña, perfecta para un safari fotográfico de sus canales, molinos e iglesias; y la segunda con sus altas torres llenas de ornamento medieval y paseos rivereños, que invitan a apreciarlas desde cualquier ángulo con una buena cerveza belga.

Ya de regreso en Berlín, me preparo para lo que seguirá en esta aventura, que por lo pronto será conocer la que será mi próxima alma mater, tomar la misma mochila, llenarla de cuadernos, lecturas y entusiasmo, tomar el metro y decir… ¿Por qué no?

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Borhnolmer Strasse… donde iniciara el fin.

Cualquier lugar es historia. Evidentemente la historia es el resultado de dos fenómenos que se entrelazan: El tiempo y el espacio. Y cualquier lugar es susceptible a haber sido escenario de algún acontecimiento histórico que marcara una nación. Sin embargo, la historia para los contemporáneos es la que consideramos antigua o vieja, e incluso damos por sentada aquella historia que aconteció en nuestro lugar de nacimiento. En mi caso, como mexicano, puedo referirme a la historia precolombina o de la conquista, incluso a la historia de la independencia y revolucionaria, la cual me (nos) parece lejana y algunas veces estamos parados justo en algún sitio donde relevante, sin siquiera saberlo.

Y es que hace algunos días, durante mis exploraciones en Berlín,  me encontré parado en el andén de la estación Gesundbrunnen,  y mientras esperaba tomar el metro, me percate que a unos cuantos metros de la estación se encuentran algunos restos del muro de Berlín justo debajo del puente de la calle Bornholmer Strasse, evidencia de lo que alguna vez fue y ya no es, una “reliquia” del mundo bipolar en el corazón de la actual capital alemana. Creo que he brincado muros más altos que eso, pensé.

Esa tarde, ya de regreso donde me hospedo estos días, conversando en el balcón del departamento con Uwe, mi casero, le contaba mi descubrimiento. Marcó una leve sonrisa en su rostro, se puso de pié y me dijo señalando a un puente de acero de Bornholmer Strasse que se alza a unas cuadras: -Ves eso, ahí empezó todo. Esa noche, los primeros cruzaron por ahí.-

Resulta que el oficial de la garita que se encontraba justo en el puente de Bornholmer, fue el primero en confundir las indicaciones del gobierno central de la República Democrática Alemana y permitió el cruce de los primeros alemanes del este de Berlín al Oeste y marcaría el inicio de lo que a media noche del 9 de Noviembre de 1989 sería la caída del muro de Berlín.

-Ven, vamos a caminar.- Dijo tomando su chaqueta y dirigiéndose a la puerta.

Me levanté de un brinco y salimos a la calle. Caminamos unas cuadras y llegamos al puente que vi desde el balcón. Irónicamente lo había cruzado un par de veces esa semana y no había visto que a un costado, se encuentra una placa de acero que conmemora el “error” y que señala el inicio de lo que fue esa noche y que marcaría la historia de Alemania en un principio y del resto del mundo unos meses más tarde.

-Esa noche me quedé dormido-. Dijo Uwe, como lamentándose de la incredulidad de aquel día. -Siempre creí que era un malentendido y que a la mañana siguiente todo seguiría siendo igual.- Remató. Mientras que yo recargado sobre el puente, veía hacia la estación del metro, donde esa mañana, “descubría” un trozo del muro.

Si alguna vez han visto el video de los primeros alemanes cruzando la frontera, gritando felices y emocionados de un logro largamente anhelado, en ese momento, esa noche, 20 años después, yo estaba parado justo en el mismo lugar, solo que esta vez, no había garita, ni oficiales socialistas, ni una horda de berlineses orientales ávidos de sus familias y del mercantilismo y el consumismo capitalista. Tan solo estaba la noche, el muro y la estación de tren.

Sin lugar a duda, cualquier lugar en Berlín está marcado por algún acontecimiento histórico, como en cualquier lugar del mundo, supongo. Pero esta vez, entendí, que incluso en el lugar menos esperado, menos solemne o menos fotografiado, se puede ignorar que aconteció algo que llamamos hito en la historia.

Les dejo un video, justo al final, se ven algunas personas cruzando el puente de este relato. http://youtu.be/1_eCVhCGYwE

 

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Eine currywurst bitte?

Me quedé viendo el mapa del servicio de transporte berlinés como si fuera una estela maya recién descubierta. Estoy seguro que sentí lo mismo que los arqueólogos que estudiaron las antiguas civilizaciones mesoamericanas y que no eran capaces de descifrar el intrincado sistema de escritura. En mi caso, tan sólo quería saber dónde estaba y que sistema de transporte usar para llegar a “algún” lugar de la ciudad que no fueran las inmediaciones del barrio donde me hospedo. Supongo que nuestras mentes se atrofian para usar sistemas multimodales de transporte, cuando en la ciudad de donde se proviene tan sólo hay dos líneas de tren ligero, una y media línea de BRT y un montón de rutas de autobús que no tienen ningún sentido.

Después de unos 20 minutos de analizar e interpretar el plano tipo “circuito integrado”, decidí que usaría el U-Bahn o Metro, en lugar del S-Bahn o Tren ligero, del Metrobus, del Metrotram, del tranvía, del tren regional o de alguna línea de autobús. Y así fue, no sin antes pasar otros 10 minutos tratando de descifrar el uso de la máquina expendedora de boletos.

Y todo esto, porque finalmente y después de varios días de mi llegada a Berlín, decidí que era tiempo de adentrarme en la ciudad, en darle la oportunidad de recibirme. Confieso que no tenía ni la menor idea de a donde me dirigía, sólo sabía que debía ir hacia el centro de la ciudad y opté por bajar en la estación Fredereich Strasse, me pareció un nombre prometedor, ya que según recuerdo, de esa estación, partían los trenes de la muerte a los campos de concentración nazi.

No fue mala decisión, de hecho fue excepcionalmente buena, ya que no sólo encontré el centro de la ciudad, sino que además caminando unas cuantas cuadras y siguiendo el trayecto del rio Spree (Uno de los 2 ríos que atraviesan la ciudad, el otro se llama Havel), di directamente con lo que de inmediato supe era el Reichstag (o parlamento, sede del actual gobierno de Alemania). El domo de cristal y acero coronando la estructura de piedra y bronce del gran palacete de 5 pisos construido a finales del siglo XIX, es inconfundible. Unos momentos en la plaza al frente bastan para darse cuenta de que es un sitio solemne y que en su interior ocurrieron sucesos que decidirían el atroz destino del pueblo alemán y su posterior reunificación.

La intuición (Y la horda de turistas) me indicaban que estaba cerca de otro punto neurálgico de la ciudad, no estaba seguro que, pero justo a un costado del Reichstag se abría un hermoso parque, el cual sólo conocía de fotos del “Love Parade”, caminar entre sus brechas de tierra y caminos para correr es placentero como relajante y en esas estaba, cuando al llegar a una gran avenida que le atraviesa la vi. A mi izquierda estaba la puerta de Brandemburgo, tan espectacular como la había imaginado. Seis enormes pilares de piedra soportando a la cuadrilla que lleva la victoria alada e invita a de forma neoclásica a entrar a la ciudad.

Ya tenía una hora recorriendo esos lares cuando la tripa hizo su berrinche… había que comer algo. Afortunadamente a unos pasos de la parte posterior de la puerta de Brandemburgo había un pequeño puesto de comida, leí con mi casi nulo conocimiento de alemán y tras el habitual saludo del locatario y un momento algo incómodo…Dije sin tropiezos: Eine Currywurst Bitte? En mi iracunda alegría me sentí orgulloso del logro lingüístico. No tardó ni un minuto cuando en mis manos se encontraban un pequeño platito de cartón con una salchicha picada, cubierta de lo que parece ser una salsa de tomate dulce con curry espolvoreado, acompañado de un pequeño pan de trigo… Inesperados sabores. Me gusto. Mucho.

Frente a la puerta de Brandemburgo

Satisfecho, me sentí realmente en Berlín, comer una salchicha frente a la puerta de Brandemburgo justo donde corrió el muro divisorio del Este y el Oeste es una experiencia realmente interesante e incluso algo anhelado por muchos entre los que me incluyo. En esas reflexiones me encontraba cuando a lo lejos vi otro ícono que me sabía familiar, la columna de la victoria o Siegessäule, tenía que ir ahí. 10 minutos a pie bastaron.

De frente se aprecia una hermosa columna de piedra y bronce, que me recuerda al chilango ángel dorado de paseo de la reforma (Guardando las debidas proporciones, claro.), aunque rodeado de frescos y vaciados en bronce que aun muestran los estragos de las balas soviéticas y aliadas, como cicatrices sanadas, pero no borradas. Por dos euros, subí a lo más alto y tuve una excepcional vista de la ciudad y después desde su plataforma media, me senté un momento colgando las piernas sobre el borde y comencé a imaginar todo eso que alguna vez estudie: Unificación de reinos, Prusia, Bismark, La primera República, La Primera Guerra Mundial, Nazis, Segunda Guerra y los cielos grises, calles atiborradas de restos corpóreos y edificaciones arruinadas por los constantes bombardeos de la batalla de Berlín, ocurriendo frente a mí en un bullicioso estruendo ensordecedor, violento casi dantesco, mientras las tropas rojillas avanzaban en dirección al Reichstag para terminar con las 3 décadas del régimen Nazi que duraría mil años.

Una gota de agua sobre mi cabeza me hizo cortar abruptamente mis imaginaciones y seguido de una inesperada tormenta, entendí que Berlín es otra, más sabia y sorprendente, tanto que justo cuando me disponía a bajar de la plataforma y salir a la calle, no podía dejar de darme una sorprendente bienvenida. Un gran arcoíris surcó el paisaje, desde el Reichstag hasta la puerta de Brandemburgo, fue casi como un grito, como un mensaje, que exclamaba con 7 colores un gran “Wielkommen”.

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“Y cuando desperté, Berlín seguía ahí.”

 No tengo más de 36 horas de haber llegado a Berlín en un vuelo desde Guadalajara con escalas en Dallas y Londres, viaje aunque cómodo, bastante cargante, ya que el viajar algo enfermo, no es lo más recomendable.

 Dicen que la primera impresión  es la que cuenta. Pues Berlín… me da la impresión… de que no me ayudará a aprender el alemán. Y es que en el breve tiempo que tengo en esta ciudad, que no está de más decir, parece será indomable, mis únicos encuentros personales han sido lingüísticamente un fraude. Les explico.

Bajé del avión y me recibió un agente de migración, que  no me dijo ni pio. Salí en busca de un taxi y mi cochero era paquistaní, no dijo ni pio. Llegue al edificio y el casero me dejó la llave con un vecino que era ucraniano, me apunto hacia el cuarto piso y no me dijo ni pio. Salí a comprar algo de beber (irónicamente fue un juguito, ya que aunque sigo esperando poder beber una cerveza, les recuerdo, estoy enfermo), el tendero de la “esquina” era…no sé qué era, pero no me dijo ni pio, aunque al notar que ni yo ni el éramos capaces de dirigirnos una palabra, el idioma del dinero prevaleció y apuntándome con su índice a la caja registradora, entendí que eran 3 euros.

Afortunadamente, unos minutos después llegó Uwe (Se pronuncia uve, porque si algo aprendí, es que la “w” suena como “v” y la “v” suena como “f”), quien me saludó con un refinado inglés y un Wielkommen, finalmente… me sentí en Alemania.

La otra impresión que tengo es que parece ser (o al menos en Berlín) que no hay nada más alemán que un restaurante turco y unas salchichas con curry. Incluso alguien me dijo: …en berlín se como la mejor comida… Coreana. En serio. Además de que parece que cualquier idioma funciona en Alemania con excepción del alemán. Fui a un pequeño mercado en los alrededores del departamento donde me hospedo estos días y ya se imaginarán el choque cultural que es ir a buscar suministros, más aun, cuando uno espera encontrar términos en alemán, que puedan ser interpretados con mínimos conocimientos del idioma… sin embargo, comprar un simple artículo es un lío, ya que mi turco y mi árabe, son tan buenoso como mi farsi. Afortunadamente los pictrogramas son universales y si un contenedor de cartón o tetrapak tiene frutas en su exterior, seguro es jugo. Ahora tengo yugurt de frutas y eso que no me gusta.

Aun no puedo decir mucho de la ciudad, aun no me atrevo a subir al metro o al tranvía, ciertamente el Jetlag puede ser una perra traicionera y el malestar de garganta, aunque mejora día a día, no me deja respirar fácilmente. Con suerte,  podré finalmente salir y ver más de la ciudad en los próximo días (aunque no se ni por donde empezar), de tal manera que Berlín y yo cumpliremos esa vieja promesa que alguna vez nos hicimos: Yo me perdería en Berlín y Berlín nunca se apartaría de mi.

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