Nadie puede describir París plenamente. No pienso siquiera en intentarlo. Pero esa ciudad sin duda tiene un efecto en todo aquel que la visita o la habita. Es casi como recorrer un museo viviente, como habitar en las páginas de un libro de historia, de una novela clásica, policiaca o romántica. Pareciera que se camina por un set de película hollywoodense o como extra de alguna producción independiente de bajo presupuesto que no necesita invertir en escenografía, ya que está ahí, disponible para todo aquel que pretenda contar una historia.
Inicio contando la mía cual Nicole Kidman, por las ganas que me dieron de cantar frente al Moulin Rouge, que por cierto no es un molino propiamente, sino un burdel y que irónicamente se encuentra a las “faldas” de Montmartre. Esta loma hito de París, se encuentra densamente poblada y trazada con calles zigzagueantes, callejones y callejuelas donde alguna vez se rodara la cinta Amélie , coronada soberbiamente por las puertas de la Basílica de Sacré-Cœur, la cual visité en un par de ocasiones durante algunas de las caminatas nocturnas por la zona.
Al igual que muchas de las ciudades y capitales europeas, el metro es indispensable para trasladarse de un punto a otro de la ciudad. Aunque en el caso parisino no es ni el más bonito ni el más moderno, me hizo sentir como el turista norteamericano interpretado por Steve Buscemi que los hermanos Cohen dibujan en su aportación a la cinta Paris Je t’aime con el corto Tuileris, él cual mientras lee una guía de viaje, obvia seguir el consejo: ¡Nunca debe mirarse fijamente los ojos de nadie en el metro de París! No entendí porque no, pero recuerdo que el desenlace fue hilarante.
París fue trazada sobre el afluente del río Sena y caminar por su orilla empedrada, es uno de los mayores clichés existentes. Obviamente no pude pasar la oportunidad de hacerlo. Es sobre este río que se encuentran un par de islas, siendo la más importante la Ile de la Cité, lugar donde Víctor Hugo se inspirara en la Catedral de Notre Dame para escribir la historia de aquel jorobado que jugaba entre las campanas y las vigas en lo más alto de la torre y quien hiciera una profunda amistad con las gárgolas enclavadas en los muros, sin que nadie lo juzgara de loco, sino de feo. Ya imaginarán lo que sentí cuando empecé a pedirle a las gárgolas que me pasaran su Facebook, cuando todos me miraban extrañados por lo feo y no por loco.
En el Jardin du Luxembourg, reviví la nostalgia que sintió Owen Wilson a la media noche en la cinta de Woody Allen, al desear haber tenido la oportunidad de recorrer las calles de París en la época en que su esplendor estaba marcada por los artistas e intelectuales de inicios del siglo XX y no en la venta de baratijas y suvenires para los turistas, que claro, compré.
No muy lejos, se encuentra la tumba de Napoleón y de algunos de sus familiares. Cuando vi su urna, me pregunté si lo metieron ahí con todas sus pertenencias, ya que es más grande que una casa de INFONAVIT y hasta tiene espacio para hacer un huertito urbano. Pero parece ser que apenas cupo su ego.
A través de la Place de la Concorde en el centro de París, la cual irónicamente tiene un obelisco egipcio en su centro, se llega a los jardines del Musée du Louvre y una vez en su interior, me sentí como Tom Hanks mientras escapaba de la policía francesa, como en la película “El Código Da Vinci” inspirada en la obra de ficción del Priorato de Sion, escrita por Dan Brown, no por que tratara de escapar de extremistas religiosos en la búsqueda del santo grial, sino por la rapidísima visita que le hice a los maestros del arte clásico. Y aprovecho para hacer la pregunta: ¿Qué le ven a la Gioconda? Neta.
Ya en la avenida Champs-Elysées, en su extremo norte bajo el arco del triunfo, al igual que Billy Crystal y Debra Winger en la película Forget Paris, busqué conseguir un auto foto sin rebanarme la coronilla. Al final, alguien se ofreció amablemente a ayudarme y la fotografía salió aun peor.
Y aunque no es muy difícil toparse con la Tour Eiffel, descubrirla mientras se camina sin rumbo por Paris, es una experiencia bastante recomendable. En mi caso, apareció ante mí frente al Colegio Militar y desde el extremo del Campo Marte, caminar hasta su base es aun más lindo cuando después del anochecer, cada hora a la hora, destellan miles de lucecillas que envuelven su forma. Me pregunto que habrá dicho Porfirio Díaz cuando caminó los mismos jardines bajo esa estructura de acero. Por cierto, le debo su visita en el panteón en Montparnasse. Pobre México, con Porfirio Díaz tan cerca de la Torre Eiffel y tan lejos de la guerra contra el narco.
La última noche en París fue inolvidable, bajo una luna llena, nuevamente caminé por el quartier Latin y seguí el trazo del rio Sena hasta uno de los lugares más hermosos de la ciudad, el puente Alexander III. Ese mismísimo puente desde donde Luc Besson retrató soberbiamente en blanco y negro la ciudad en su película Angel-a, y donde imaginó a un patético Argelino, aferrándose a las piernas de un Ángel a la que le otorgaron sus alas después de salvarle la vida al rufián magrebí. Y fue ahí mismo, frente a L’Hôtel national des Invalides con la torre Eiffel a lo lejos, rodeado de querubines y farolas áureas, cerré mi visita a Paris con un beso largamente anhelado.

